En estos tiempos modernos de banalidad cultivada y abulia existencial, un ejercicio anacrónico y romántico de épica exacerbada me parece de lo más oportuno. Como toda épica posterior a la revolución industrial, educativa y cultural, la fuerza del personaje ha de venir de su grandeza trágica, engendrada en su condición de perdedor empecinado que enfrenta sus valores a un mundo en descomposición, que fue el suyo y viene a ser el nuestro. Su ideología es algo intrascendente, su derrota un fin seguro y por ello glorioso. Que su errar infinito es el nuestro, los siglos lo rubrican.
Praga, diciembre de 2010
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